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Echar el ancla y esperar
david hernández
Dec 7, 2014
Location: London
En algún lugar de Londres...

Camino por un paseo que acompaña a las aguas grises y sucias de un canal. Las mismas aguas que en ambas orillas acogen pequeños barcos de formas dispares cuyas chimeneas humeantes dan a entender que sus huéspedes tratan de guarecerse de la humedad de estas frías tardes inglesas de invierno.

Más allá, en el otro lado del canal, tierras baldías llenas de rastrojos blancos por la escarcha se expanden hasta un horizonte adornado por torres de fábricas y cables de electricidad. Un antiguo puente de hierro hace de enlace entre ambas orillas y por las vías que alberga, gentes dispares vuelven a casa después de una jornada más de trabajo en el caótico centro de Londres, en trenes de ventanas iluminadas que pasan chirriando, fugaces.

De repente, en una esquina del paseo, pequeño, coqueto, ajeno al tic-tac perpetuo del reloj, se levanta un edificio de cal blanca cuyo letrero te invita a echar el ancla y esperar - a que algo bueno suceda, se entiende - mientras te tomas un refrigerio. Entrar en este lugar es hacerlo en un rincón apartado de una memoria arcaica. Es un viaje - no sé bien si al pasado o a un futuro post apocalíptico - en el que vulgaridades y sandeces innecesarias han quedado atrás.

Una oleada de calor proveniente de las brasas de una chimenea encendida acaricia tu cara, helada por el frío del exterior, dándote la bienvenida. Al momento un rollizo perro blanco viene hacia ti moviendo el rabo de lado a lado, alegre de que hayas decidido parar en su morada. Mientras uno queda anonadado por el ambiente y el contexto, los lugareños asiduos, indiferentes a la tremendamente irreal realidad que les rodea, beben sus cobrizas y pastosas pintas, cada uno concentrado en sus historias, sin darse cuenta de que quizás todos ellos son adláteres, dependientes unos de otros y todos a la vez de esta guarida del tiempo, de procrastinación y de serenidad.

Aquí están todos y no falta nadie.

La señora tejiendo, con una maleta llena de gorros y bufandas de chillones colores a sus pies, quejándose por la burocracia que el gobierno le obliga a hacer para vender su arte en los mercados de la ciudad.

Mientras, pululando de aquí para allá y ofreciendo su sonrisa perfecta al personal, pasea un hombre negro, de unos cincuenta y muchos o sesenta y pocos, con su cabeza calva, sus gafas de sol y su impecable traje gris plateado, con uno de esos muñequitos troll de pelos en punta y de colores pegado a la solapa.

También están los herederos de Mad Max, venidos de un futuro sumido en el caos. El primero, que parece bastante mayor ya, con su barba blanca cayéndole hasta el pecho, su rancio sombrero de ala ancha decorado con recortes de revistas y su gabardina larga de lana. El segundo con gafas de sol que también cubren el lateral de los ojos, pantalones cortos encima de unas mallas y pelo con rastas, aunque muy probablemente no sean rastas sino mera suciedad acumulada.

Testigo de todo ello desde detrás de la barra es el barman. Una especie de Rosendo de larga melena y gran nariz colorada y estriada, testigo y víctima a la vez de largos años empinando el codo - si me permiten la expresión -  "pinta para ti, pinta para mi".

Y no falta ni mucho menos quien es, sin ninguna duda, el protagonista, la estrella, la guinda de este pastel de éxtasis ebrio de los sentidos. Un hombre que parecería el más normal de todos si no fuera porque después de un rato el instinto te dice que algo ocurre con él. Su perpetuo balanceo al son de la música hace descartar una posible sordera que excuse su ensimismamiento. Música, por cierto, que es una sucesión continua de clásicos de rock que constituye la perfecta banda sonora para todo este espectáculo.

De repente, como dándose cuenta de la expectación que su comportamiento produce y ávido de público, nuestro amigo escribe algo en un trozo de papel, se levanta y cruza hasta una mesa para ofrecérselo a otro de los paisanos del local, instándole a que lo lea entre estridentes muecas y sordas carcajadas al aire.

Henchido de orgullo tras su ocurrencia, cuyo contenido quedará para un servidor y los que esto lean en los anales del misterio, saca de su gabardina una jeringuilla morada de grandes dimensiones y con su pinta en la otra mano se dirige a un rincón algo apartado del bar - aunque dicho rincón bien podría ser sin embargo la frontera de lo real y lo irreal - succiona un tercio de su pinta con la jeringa, se levanta su camisa de rayas hasta el pecho y se inyecta el brebaje directamente en un catéter que le sale del abdomen. Acto sublime. Inigualable demostración para los escépticos de que la cerveza, amargo elixir de dioses, no es tan solo digna del sentido del gusto, sino que, muy al contrario, constituye por si sola un alimento para el cuerpo y, por qué no, para el alma, merecedora de ser suministrada aún estando privado del placer de saborearla.  

Afuera, el frío sigue arreciando, los trenes chirriantes corriendo y en fin, el tiempo, ese terco hijo de puta, sigue pasando en las calles de Londres y del mundo. Pero no hay que preocuparse demasiado, ¡oh mis queridos vagabundos sedientos! Pues siempre nos quedará el consuelo de que ahí fuera, camuflados entre los banales edificios de cualquier pueblo o gran ciudad, hay lugares como este, calurosos y místicos, esperando con sus relojes detenidos a ser descubiertos tan solo por aquellos testigos dignos de su hospitalidad y de su magia.
Somewhere in London ...
 
I walk along a promenade that accompanies the gray and dirty waters of a canal. The same waters that on both shores welcome some different shapes boats whose smoky chimneys suggest that their guests are trying to shelter themselves from the humidity of these cold English winter afternoons. 

Beyond, on the other side of the canal, wastelands full of white-frost stubble stretches to a horizon adorned by factory towers and power lines. An old iron bridge serves as a link between the two banks and on its rail tracks, disparate people return home after another day's work in the chaotic center of London, in squeaking trains with illuminated windows that run fleeting over it.
 
Suddenly, in a corner of the promenade, small, cute, oblivious to the perpetual ticking of the clock, rises a whitewashed building whose name invites you to drop the anchor and hope - for something good to happen, it is understood - while you have a drink. To enter in this place is going into a secluded corner of an archaic memory. It is a journey - I do not know either to the past or to a post apocalyptic future - in which vulgarities and unnecessary nonsense have been left behind. 

A heatwave coming from the embers of a lit fireplace caresses your face, frozen by the outside cold, welcoming you. At the moment a plump white dog comes towards you wagging its tail from side to side, glad that you have decided to stop by its dwelling. While one is stunned by the environment and the context, the regulars, indifferent to the tremendously unreal reality that surrounds them, drink its coppery and pasty pints, each of them concentrating on their own bussiness, not realizing that perhaps they are all henchmen, dependent on each other and all at the same time on this lair of time, procrastination and serenity.
Here they are all and no one is missing. 

The knitting lady, with a suitcase full of brightly colored hats and scarves at her feet, complaining about the bureaucracy that the government forces her to do to sell her art in the city markets.

Meanwhile, milling about here and there and offering his perfect smile to the gathered people strolls a black man, in his late fifties or early sixties, with his bald head, his sunglasses and his impeccable silver-gray suit, with one of those pointed and colourfull hair Troll dolls glued to its lapel.

Here there are also the heirs of Mad Max, coming from a future mired in chaos. The first, who looks quite old now, with his white beard falling to his chest, his stale wide-brimmed hat decorated with magazine clippings, and his long woolen raincoat. The second one with apocalyptic sunglasses that also cover the side of his eyes, shorts on top of leggings and hair with dreadlocks, although most likely they are not dreadlocks but mere accumulated dirt.
 
Witnessing all this from behind the bar is the bartender. A kind of old rock star with long hair and a big red and striated nose, witness and victim at the same time of long years raising the elbow - if you will forgive the expression - offering drinks "a pint for you, a pint for me".

And here is, of course and with no doubts, the protagonist, the star, the icing on this cake of intoxicated ecstasy of the senses. A man who would seem the most normal of all if it weren't for the fact that after a while your instinct tells you that something is wrong with him. Its perpetual swaying to the sound of music rules out a possible deafness that would excuse his self-absorption. Music, by the way, which is a continuous succession of rock classics that constitutes the perfect soundtrack for this entire show.
 
Suddenly, as if realizing the expectation that his behavior produces and eager for the audience, our friend writes something on a piece of paper, gets up and offer it to another of the regulars, urging him to read it amid strident grimaces and a dull laughter delivered into the air.  

Filled with pride after its occurrence, whose content will remain for a oneself and those who read this in the annals of the mystery, he takes out a large purple syringe from his raincoat and with his pint in the other hand goes to a corner somewhat away from the bar, although this corner could nevertheless be the border of the Real and the Unreal, he sucks a third of his pint with the syringe, lifts his striped shirt to his chest and injects the concoction directly into a catheter that comes out of his abdomen. Sublime act. Unparalleled demonstration for skeptics that beer, this bitter elixir of gods, is not only worthy of the sense of taste, but that, on the contrary, it constitutes by itself a food for the body and, why not, for the soul , worthy of being supplied even when deprived of the pleasure of savoring it.

Outside, cold intesify, the squeaky trains keep running along and Time, that stubborn son of a bitch, continues passing by the streets of London and the world. But don't worry too much, oh my dear thirsty bums! We will always have the consolation that out there, camouflaged among the banal buildings of any town or big city, there are places like this, warm and mystical, waiting with their stopped clocks to be discovered by only those witnesses worthy of their hospitality and magic.
 

The Moon Man Travels

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